Las emociones en la conducción

Hoy en día nadie niega la importancia de las emociones y de la capacidad de gestionarlas, es decir, de la inteligencia emocional. Éstas forman parte de los diferentes ámbitos de nuestra vida, entre ellos, la conducción.

Cuando conducimos, las emociones aparecen por diferentes motivos. Desde el momento en que subimos al vehículo, llevamos nuestro estado de ánimo y también aparecen otras emociones relacionadas con el tráfico y con los hechos o situaciones de ese momento.

En este sentido, los estados de ánimo nos hacen actuar de una manera u otra. Por ejemplo, la tristeza puede comportar reacciones más lentas, porque estamos pensando en aquello que nos entristece o bien porque nos cuesta concentrarnos en el entorno y entonces tardamos más en dar respuesta.

Durante la conducción, aparecen algunas emociones que comportan un riesgo y otras que nos ayudan a adaptarnos a las situaciones. ¿Qué pasa cuando aparece una emoción? Es importante saber que nuestro pensamiento se corta, cambian la atención y la percepción, nuestro sistema nervioso se prepara, incluso cambian nuestro sistema hormonal, la expresión corporal, etc. Hay que tener en cuenta que todos los cambios nos pueden ayudar a adaptarnos y a actuar de forma adecuada o bien nos pueden conducir a dar una respuesta poco conveniente.

 ¿Qué podemos hacer para gestionar las emociones en la conducción?

En todos los casos, el proceso es similar:

  • Identificar la emoción y aceptar lo que sentimos.
  • Entender sus consecuencias y cómo afecta a la movilidad.
  • Anticiparse, preverlas y también sus consecuencias antes de entrar en una situación de riesgo.

No existe una única manera de gestionar emociones. Depende de la emoción, de la situación en general, de aquello que la causa, etc. Por ejemplo, el miedo puede ser bueno y aparecer porque existe peligro; no tenemos que esconderlo, sino aceptarlo y analizar si hay elementos objetivos que nos lo provoquen.

En la conducción, no sólo es importante el conductor, sino también el resto de pasajeros, puesto que durante los trayectos participan del buen clima y del estado de ánimo en el interior del vehículo. En este sentido, pueden hacer mucho. Por ejemplo, en situaciones de alegría compartida, los pasajeros de un vehículo pueden recuperar un clima de calma o bien generar unos momentos de euforia desmesurada que comporte más riesgos. La agresividad también es un ejemplo claro: una discusión entre pasajeros y conductores tiene que dejarse para un mejor momento, fuera del vehículo, y así evitar enfrentamientos mientras se conduce. Esta consciencia de los demás y de sus emociones es la que también tenemos que saber aplicar para evitar discutir con conductores de otros vehículos: cuanto más gesticulamos, más nos enfadamos y podemos entrar en una escalada de agresividad peligrosa.

Cuando circulamos, solamente puede haber colaboración entre las personas y los conductores atentos y concentrados en la movilidad y en el resto de los usuarios.

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