El proyecto del Infotransit 2025 pretende dar voz a la transversalidad de la seguridad vial y en este sentido se explicarán las perspectivas y experiencias de los diferentes actores implicados. Más allá de los sectores que tradicionalmente ya se han asociado a la seguridad vial también queremos recoger al testimonio de otros ámbitos como la educación, la psicología o la investigación académica y en este caso también la aportación desde la filosofía. Hemos entrevistado y conversado con el filósofo y teólogo Francesc Torralba que coordinó desde la Cátedra ETHOS de la Universidad Ramon Llull y por encargo de la asociación P(A)T la Guía de buenas prácticas para la atención a las víctimas de siniestros de tráfico y de violencia vial a las instituciones de justicia.

¿La coordinación de esta guía de buenas prácticas para la atención de las víctimas de tráfico a las instituciones judiciales, fue su primera aproximación al mundo de la seguridad vial y de las víctimas de tráfico?
Pues sí, realmente ha sido mi primera aproximación y fue una aproximación muy fecunda porque se puso rostro a las víctimas. Cuando se habla de las víctimas, aparecen números y en este grupo de trabajo de la guía había personas que habían vivido un accidente o supervivientes de un siniestro o que habían perdido un ser querido, el hijo, el hermano o la pareja. Fue una aproximación en este mundo de las víctimas de la violencia vial o de los accidentes de tráfico, muy directo, muy emocional. Allí había abogados, filósofos, juristas, había jueces, pero la víctima habla desde la experiencia y se le rompe la voz, porque allí se le ha roto la vida. Fue realmente una aproximación valiosísima por el hecho de poder dar voz a estas personas.
Una de las cosas primordiales que se pide a la guía es que los operadores judiciales actúen con más empatía. ¿Usted cree que la empatía es incompatible con el rigor jurídico o la imparcialidad de los jueces?
No, yo no creo que sea incompatible. Yo creo que los profesionales del ámbito jurídico cuando tratan a una víctima, en este caso de violencia vial, pero podría ser una víctima de violencia de género, podría ser una víctima de un maltrato, podría ser una víctima de abuso sexual cuando era niño, cuando tratan a cualquier víctima, como exigencia fundamental, tiene que estar la empatía, que quiere decir tacto, sensibilidad, escucha, atención, cuidado, delicadeza y eso no quita que el juez sea justo en el veredicto y justo en la sentencia.
“Empatía quiere decir tacto, sensibilidad, escucha, atención, cuidado, delicadeza y eso no quita que el juez sea justo en el veredicto y justo en la sentencia”
Otra de las cuestiones que da una atención más ética a las víctimas es la accesibilidad comunicativa a través del lenguaje. Todas las administraciones dan pasos en esta dirección, pero la Justicia es muy reticente.
Cada disciplina tiene su lenguaje y el lenguaje jurídico es muy técnico. Es muy comprensible para los que están iniciados, de manera tal que lo que no está iniciado en aquel lenguaje se queda fuera. Pero están hablando de tu vida, de tu hijo, de lo que pasó, de qué compensaciones habrá, de qué indemnizaciones, y hay un abismo entre el lenguaje jurídico que utilizan los operadores judiciales y el lenguaje de las víctimas que es un lenguaje hecho de lágrimas, de silencios, es un lenguaje cotidiano y coloquial. En este sentido podemos decir que hay una opacidad comunicatòria y que se necesita un traductor, a un gestor que ayude a decir lo que está pasando. Las víctimas tienen el derecho a ser informadas, pero no tienen el deber de ser juristas, abogados, fiscales o jueces para entenderlo. Porque se está hablando de sus vidas y aquí hay un abismo.
Usted pone énfasis en la diferencia entre víctimas de tráfico y víctimas de violencia vial. ¿Nos puede profundizar?
Sí, cuando hablamos de accidente, es un error humano, una distracción. Aquel señor que un momento dado levantó la vista, pasaba un niño y lo atropelló. Y este niño tenía 6 años y muere, desgraciadamente, muere. Eso es una víctima de un accidente de tráfico, fruto de una distracción. Ahora, otra cosa ya es la violencia vial, la conducción temeraria: usted iba a 150 km/h y en contra dirección, usted iba a todo trapo, usted tiene una forma de conducir agresiva, prepotente, soberbia, se piensa que es el único en el mundo, no respeta las normas. Si una víctima o familiar sabe que es por un error o una distracción, puede llegar a asumirlo e incluso perdonar, pero cuando ha habido una actitud temeraria, déspota, prepotente, agresiva, eso naturalmente le cuesta horrores asumirlo y cuesta mucho más perdonar. Eso tiene incidencia directa en los procesos de duelo y en el proceso de aceptación.
“La víctima tiene que entender que la sentencia no tiene como finalidad curar la ausencia de su ser querido”
En la presentación de la guía dijo que la víctima no siempre tiene razón, pero que siempre tendría que ser escuchada desde la empatía y la sensibilidad.
Es así, la víctima no siempre tiene razón, porque a veces se puede dejar mover por el resentimiento. Yo entiendo que lo que ha pasado es muy gordo, pero tenemos un código penal que dice eso. La víctima no siempre tiene razón en sus planteamientos, y a veces no sabe todo lo que ha pasado, pero tiene que ser siempre escuchada, porque la víctima ignorada es doblament víctima, nos hace mucho daño que nos ignoren. Por otra parte, la víctima espera que se haga justicia, pero la Justicia es lenta, es burocrática y no siempre cumple sus expectativas porque hay mil atenuantes que ella no contemplaba. Pero la víctima tiene que entender que la sentencia no tiene como finalidad curar la ausencia de su ser querido, esta no es la finalidad de una sentencia, un juez tiene que aplicar la ley.

¿La justicia restaurativa o mediación entre el victimario y la víctima o sus familiares es un camino que se tendría que impulsar más?
Ahora lo estamos investigando, tenemos un proyecto muy interesante en el marco de colaboración entre la cátedra ETHOS y la asociación P(A)T. Consiste en dos grupos, por una parte víctimas de violencia vial y de accidentes de tráfico, que nos narran su historia y que nos narran si ven posibilidades de perdonar como un ejercicio para sacarse de encima el resentimiento, es decir, si ven posible una reconciliación, una restauración. Y el otro grupo son victimarios y les vamos a visitar en la prisión, algunos sentenciados y encarcelados, otros no, pero que siguen sintiendo culpa por aquello que hicieron o pasó, siguen pensando y no lo digieren. El objetivo del proyecto es saber cómo podemos generar estos procesos de arrepentimiento y de concepción del perdón, porque eso es restaurador para los dos, víctima y victimario: uno se libera del resentimiento y el otro se libera de la culpa. La restauración va por un ámbito que decimos metajurístic, que es ético.
“La justicia restaurativa genera procesos de arrepentimiento y de concepción del perdón que libera del resentimiento a la víctima y de la culpa en el victimario”
¿Que haya un culpable de esta muerte, ayuda u obstaculiza el proceso de duelo?
Obstaculiza, sobre todo si tú eres un culpable. Yo ahora he vivido un proceso de duelo porque murió un hijo mío en la montaña, pero yo no he vivido la culpa. Si tú has sido el culpable, eso intoxica mucho el proceso de duelo. Si tienes un culpable ajeno, entonces depende, porque si este culpable reconoce su culpa, se arrepiente, se acerca con toda la humildad, paga lo que sea a la ley y el tiempo que sea y la multa y todo, eso puede ayudar, y así nos lo han dicho y manifestado varias víctimas. Ahora, si aquel culpable hace su vida tan ancho y vive en el barrio, no ha pedido perdón…, si identificas al culpable y tiene una actitud prepotente, indiferente, te puede indignar todavía más y dificultar el duelo.
La muerte de su hijo coincidió con el encargo de coordinación de la guía. ¿El contacto con personas que habían perdido un ser amado también de forma repentina e inesperada, lo ayudó en el proceso de duelo?
Me ayudó, sí, me ayudó. Yo no he ido a grupos de duelo, pero el hecho de oír testimonios de otros, te ayuda. Te ayuda a entender mejor lo que te está pasando y que no es una cosa normal, sino que forma parte de la lógica de la pérdida abrupta de un ser amado. Después lo expresé en mi último libro.
En este libro, No hay palabras, dice que no hay una palabra para definir el hecho de perder a un hijo, pero también comenta que desgraciadamente pasa más a menudo de lo que uno se imagina. Este inicio de año en las carreteras catalanas la mitad del muertos tenían menos de 35 años…
Estos datos son terribles y el dolor que hay detrás. Perder a un hijo es una parte de la realidad que tenemos eclipsada, tapada, ocultada, pero existe y es mucho más frecuente de lo que nos imaginamos. Este mundo está tapado, es un tabú, pero pienso que es básico expresarlo y comunicarlo, porque si no el luto queda metido dentro. Para mí la escritura ha sido una liberación y cada uno tiene que tener sus canales, pero lo que no puedes hacer con el duelo es que quede cerrado en un mundo hermético.































